Leer es una pulsión. No lo puedo evitar: a diario, al despertar, al acostarme, en el autobús, en el baño, en la cama, en la playa, bajo la manta, en el instituto, en vacaciones. Tal es mi experiencia con la lectura, una necesidad. Y las pulsiones y necesidades no dejan de tener un componente irracional. No cabe duda de que la lectura es base fundamental de nuestro aprendizaje y de que puede ser también muy, muy divertida. Sin embargo, aunque aprendo y me divierto, no leo para aprender ni como hobby. Leo porque no puedo evitarlo. Así las cosas, me parece muy difícil contagiar a los estudiantes de esta pasión lectora, pues no tengo del todo claro cómo llegué hasta aquí.
No cabe duda, asimismo, que la red de redes y el bombardeo de lo digital e inmediato lo ha impregnado todo sin dejar sitio alguno para actividades reposadas que impliquen cierto nivel de pausa, reflexión y, sí, esfuerzo. Cuando nuestros adolescentes -y muchos de nosotros- no somos capaces de mantener la atención más allá de cinco minutos, resulta difícil convencerlos de que dediquen unas cuantas horas a leer 200 o 300 páginas.
He administrado blogs de centro que pretendían llamar a la lectura, organizado bookcrossings y, las más de las veces, participaban aquellos que ya lo hacían por sí mismos. Lo que busco en este curso - además de las horas de formación- es alguna idea que me ayude a animar la biblioteca del centro, a crear un club de lectura y, si es posible, a "enganchar" a algún lector nuevo para la causa. Es difícil pero es nuestra obligación como profesores seguir intentándolo.
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